Tratado de acuarela y de café

(texto en construcción) 

El fracaso de una serie que se resuelve en un charco de café

Siempre me va mal con los pedidos. Un día recibí un encargo especial por la cuenta facebook de Corazón Desfasado, perfil que desapareció dos años después luego de haber sido denunciada por un usuario. Dicen que no usaba mi verdadero nombre. En aquellos tiempos esa cuenta me permitía hacer la promoción de la santa de los malentendidos culturales, pero también me servía de herramienta de activismo. Ahí denunciaba la censura a las obras de mis colegas y las mías, publicaba mensajes antirracistas, feministas y hasta denunciaba el ruido exagerado de la gentrificación en mi barrio. 

El encargo se trataba de imprimir la camiseta Planeta de senos en versión piel de color. Lo intenté. Alteré los colores photoshopeando el « original », pero el resultado me pareció banal y desencarnado.  Intenté sin éxito hacer una nueva acuarela observando modelos de piel oscura en la pantalla de la computadora; imágenes de torsos de mujeres desnudas que había bajado de Internet. Gran parte de mi trabajo intenta crear diálogos entre los distintos recursos que tengo a la mano, desde las nuevas tecnologías (precarias, low-tech) hasta las técnicas tradicionales de las artes visuales; dibujo, cerámica, pintura, intentando reflejar mi condición. Vuelvo al pedido frustrado. Efectivamente, tener como guía una imagen plana, editada para la web, no es una referencia a la que una se pueda fiar. Así que finalmente, al cabo de varios ensayos fallidos abandoné la tarea. Cuatro años después recibí una invitación especial para ir a Baltimore. Como Cartagena, mi ciudad natal, Baltimore es puerto y su historia está marcada por fuertes tensiones raciales, por la explotación y la pobreza. Esto hizo que en el marco de la residencia Pigments sauvages (2019) decidiera retomar la intensión.

A mi llegada, la acogida cálida y el paisaje de los primeros días de la primavera, me dieron la motivación para estudiar los colores de las cortezas de los árboles. Me dejé sorprender por esas formas torcidas que despertaban al calor de marzo. Las gamas de cafés, violetas, verdes, grises presentes por todas partes. Pensé que había encontrado una metáfora que me permitiría acercarme al tema con cuidado y por un camino diferente a la copia del mismo. El resultado fue satisfactorio pero perturbador.

Según la calidad del papel y la proporción de agua y de pigmento, la aplicación de la acuarela se impone con manchas como aureolas (en francés le dice ojeras), ellas aparecen durante el secado. El pigmento se acumula en los bordes del charco coloreado, creando una nube delineada por una línea de tono más intenso. La pintora debe intentar anticiparse al resultado, conduciendo la aguada, inclinando el papel, secando los contornos con la punta del pincel. Hay otra alternativa y es aceptar los caprichos de la técnica.  Es así como la acuarela exige o una concentración particular que permita que el pincel realice las caricias apropiadas, o el abandono total a los caprichos físicos de la materia.

Cuando se trata de representar el cuerpo, me propongo hacerlo con cuidado, pero también me gusta dejar un espacio para que la técnica me sorprenda. En las series como Estudio para vestir una mujer elefante 2011, fronteras 2014, nuancer (matizar) 2019 he jugado con estas posibilidades para de poner en dialogo la materia, la técnica y la intensión.

Un día, un espectador y amigo me “sacó de onda”, me desestabilizó con su lectura sobre mis intentos de representaciones cuidadosas de la serie Fronteras. Inventaba crear imágenes asociadas a los genitales. El desafío era representarlos todos con la misma delicadeza. Para mi amigo, las manchas (aureolas) que yo dejaba le sugerían enfermedades de la piel. Recuerdo entonces mis propias lesiones cutáneas en la adolescencia. Esa era la manera como mi cuerpo expresaba angustias relacionadas con el contexto social, la sexualidad, la clase, la niña que crecía desconcertada en esa Cartagena demasiado católica, demasiado profana, fracturada, pobre, delirante de tradición, de corrupción e iniquidad. Mi piel se brotaba, se infectaba, picaba. Era una piel enferma, mi cuerpo colonizado de encierros, de miedos, explotaba a través de pequeñas llagas.

Es así como hoy, ante los caprichos de la acuarela, mi percepción se altera, por un lado me deleito con la pictoricidad* de la imagen mientras que comprendo que ahí también hay horror y enfermedad.

¡Qué manera de debatirse entre la búsqueda de la belleza, lo que esto signifique para cada uno, y lo terrible; la enfermedad, la descomposición, la muerte! Se podría enunciar aquí que la belleza y el horror van de la mano. Nada nuevo. Ya lo había leído antes.

Así,  los primeros resultados que obtuve en mi taller de Baltimore fueron de imágenes de pechos enfermos. Las gamas grises, violetas y cafés evocan senos que han sufrido de cáncer, la cercanía a la muerte o al cuerpo en descomposición. El tema de la muerte y la violencia ha sido abordado en mi práctica artística de manera indirecta, como una transparencia, una influencia, un motor, algo que está ahí pero que se va por los laditos, se mantiene en los márgenes del discurso. Es agotador mantener las heridas abiertas, molestarlas, observarlas constantemente, pero el resultado de hoy, me obliga a aceptar que la violencia es un tema que está ahí, presente en mi proceso de creación, en el taller, en la alcoba de la mujer elefante.

Regreso al papel y sigo buscando soluciones para acercarme a la representación del cuerpo de color de manera justa, quiero decir, sin reproducir estereotipos. Es importante aclarar que la primera versión de Planeta de senos buscaba justamente reproducir la imagen cliché del deseo masculino dominante, el que se refleja en los medios masivos de comunicación, ese que comercia con cuerpos ; una dominación que reduce la feminidad a senos grandes, muy redondos, imposibles bolsas de silicona. El cuerpo femenino está siendo totalmente caricaturizado. Yo jugaba a revelar y de-construir ese deseo brutal. Pero otras lecturas vinieron después; la de la fertilidad, la de la maternidad, la de la generosidad, la de una venus, la de una diosa. Yo acojo estas interpretaciones. Hoy hacen parte del desarrollo de esta serie, como lo hace también la censura que tuvo lugar en el 2014. La acuarela Planeta de senos, de la serie Estudio para vestir una mujer elefante, fue excluida de una exposición en Montreal. La denuncia de este evento agrega un nuevo significado a la imagen; el de resistencia, el de una lucha por la libertad de expresión en el arte, por la reivindicación del cuerpo de las mujeres, sus deseos, su sexualidad y la solidaridad de la comunidad de artistas que se unió a la queja. Imprimí la imagen censurada en camisetas. El encargo del que he venido hablando es el que da origen a todo esto, llegó luego que en las redes sociales circularan las fotos de mis colegas usando la camiseta.

Vuelvo al taller.

Ante el fracaso de la representación, decido mirarme en le espejo, yo “mujer blanca entre comillas’’ o de color según el territorio donde mi cuerpo esté, según quién me mire. Hoy, aquí, en Baltimore o en Montreal, para el caso es el mismo lugar, soy persona de color y frente al espejo reconozco las tonalidades de mi pezón, ese punto café con leche, que años atrás estuviera en carne viva. Regreso al papel y decido evitar los colores violeta, regular los grises, observar las variaciones del marrón. El producto fueron senos como barras de chocolate, de madera, nueces secas. Reconozco que la intensión se me escapa otra vez.

Pienso que no soy tan buena pintora o que la acuarela es racista. Lo digo porque en la búsqueda por lograr tonos realmente oscuros, el papel se satura de pigmentos, las fibras no absorben más, rechazan la materia, perdiendo completamente la esencia de la acuarela: la transparencia.

¡Si! Estoy delirando.

Comprendo que mis pistas son falsas. No controlo la técnica ni los contrastes de color, de intensidad, de contexto.

Vuelvo al papel y recuerdo el método que me enseñó mi profesor E. Silva, (QEPD) a principios de los años 90. En una clase mencionó al amante de turno (QEPD) para decirnos para qué servía aprender la acuarela. Él, el amante, vivía de la venta de paisajes de la sabana cundiboyacense. Lo recuerdo hoy con nostalgia entre los pastos de la universidad, ahí practicábamos las confidencias y las aguadas en directo.

Para mi, de las cosas hermosas de la vida era el sabor de café en la boca del acuarelista. Recuerdo la textura de esos labios siempre mojados para mi y otros saberes que se transmite por la boca. Este detalle se cuela aquí por escribir desde el lugar de la mujer elefante. Ella hace de la alcoba su taller, crea desde la intimidad, aprende de los sueños, hace hablar los deseos, le gusta la materia y la palabra DECIR. Al acuarelista, ella todavía lo sueña; come su pelo, visita su guardilla siempre soleada en el barrio Soledad, escucha en el teléfono su voz que se aleja hasta que la deja hablando sola.

Y me sorprendo a través de este ejercicio haciendo lazos entre la muerte y el amor. Un ser querido más al que nunca pude hacer el duelo. Ya estaba en Montreal cuando fue asesinado ¿Será hoy la acuarela la añoranza de ese cuerpo desaparecido que no vi, que no acompañé, que no duelé? Hoy tengo la necesidad conjugar la palabra duelo. He vivido varias veces esa cláusula ausente en el contrato de la inmigración; de la residencia permanente, de la nueva ciudadanía, « estarás lejos de tus seres queridos en el momento de su mortaja. Tu duelo, si lo puedes hacer, será largo ». La peregrinación se ofrece como única opción. Un día se regresa a los lugares vividos con el ser amado ausente; la casa familiar, una calle, un parque, una montaña, el mar, una canción.

Un día como hoy me hubiera gustado conversar con él, seguramente hablaríamos de pintura.

Acuarela, amor, enfermedad, muerte, duelo, inmigración ¿Qué relación tiene todo esto con esa dificultad de representar o entrar en relación con la otredá ?

Regreso al papel, con tiempo, con cuidado, sin expectativas, preparo la aguada, hago la veladura siguiendo el charco largo de color marrón, esforzándome para que el pincel no toque el papel.  Un solo color por capa. Espero que seque y agrego otra. El resultado es controlado, aséptico, como para una ilustración : globos planos, inflados, coronados con esos óvalos que pretendían ser pezones.  Si pero no, no me gusta. No me gusta para nada. Intento de nuevo pero incluyo entonces otras tonalidades y me encuentro de regreso a la cosa mórbida.

Hoy puedo formularlo, la acuarela es evento, por lo menos para mi.  Es imposible reproducir el estado de concentración, de emociones, de percepción que se tiene en el instante mismo. Cada presente es distinto. No se puede corregir. Lo que se logra en el momento, es lo que es.

 Cambio de lugar.

Regreso al papel en los labios del otro.

Una persona deseada. Una sensación que para una puede ser deliciosa, para otra puede ser repugnante, indiferente o banal, entonces me pregunto  ¿acaso la aceptación de la otredá es posible por el contacto, por la experiencia del cuerpo del otrx, por su proximidad física, o quizás por luchar del mismo lado? Sufrir con alguien, apoyarse en sus rodillas, conocer el olor de su cuello, de su pelo, escuchar su respiración, sentir la grasa de su piel.

¿Es posible amar, entender, aceptar, apreciar en la teoría?

Por un moment abandono la acuarela y acaricio el papel con aguadas de café.

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Texto Baltimore – Montreal 2019, 2022

**Pictoricidad >> https://es.qwe.wiki/wiki/Painterliness

Les planètes de seins à Baltimore – Breast planet in Baltimore.
Exposición La Track, 2020.  B-312, Montreal.

 

Detalles de fotos de café de  Guy L’Heureux. 



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